El desarrollo de las fuerzas productivas

Sergio Arancibia.- La Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas, Cepal, en una reciente publicación – Estudio Económico de América Latina y el Caribe 2018 – pronostica una caída de 12 % en el PIB de Venezuela durante el año 2018, con respecto al nivel alcanzado en el 2017, que también fue menor, a su vez, que el alcanzado en el año anterior. Con esta caída de 2018 se consuman 5 años consecutivos de retroceso de la producción, lo cual suma un total de más de 40% de menor producción con relación al PIB que se observaba en 2013.

Estas cifras muestran, por un lado, que el intento del gobierno de ocultar la realidad económica por la vía de no publicar las cifras correspondientes, termina siendo un fracaso, pues hoy en día hay mecanismos e indicadores que permiten que la comunidad internacional se entere, por lo menos en términos aproximados, de lo que está sucediendo al interior de un país.

Y lo que muestran las cifras de Cepal es una realidad dramática. Es difícil encontrar otro ejemplo, en la América Latina y en el mundo, de un país que decrezca en lo que a su producción y su ingreso respectan, durante 5 años consecutivos, sin estar en guerra ni asolado por catástrofes naturales. Dado que se gobierna con todos los resortes del poder concentrados en el partido de gobierno y en la propia figura del Presidente, todo lo bueno y lo malo que sucede en el país, por lo menos en el ámbito de las políticas económicas, es de exclusiva responsabilidad del equipo gobernante.

La caída de 40 % en el ingreso de país no es una maldición divina ni un imperio de la naturaleza, sino que es el resultado de una conducción económica que maniata en vez de potenciar el desarrollo de las fuerzas productivas, es decir, de la capacidad del país de producir cada vez más valores, más bienes y servicios, con el despliegue de mayores capitales y de nuevas y mejores tecnologías.

Las empresas que desde hace década están en mano estatales – por decisión consensuada de los parlamentos, de los partidos y de la ciudadanía de la época – tales como las empresas del aluminio, del hierro, de la petroquímica, y la propia industria petrolera – están convertidas en un desastre – incapaces de crecer, de modernizarse tecnológicamente, de competir internacionalmente y de arrojar beneficios para el país. No hay allí desarrollo alguno de las fuerzas productivas, sino que destrucción y despilfarro de las mismas. El Estado bajo la actual conducción no se ha manifestado capaz de administrar esas empresas con eficiencia técnica y con moral administrativa, como se hizo en épocas anteriores de la historia nacional, en que esas empresas eran realmente estratégicas, pues a partir de ellas se podía proyectar el crecimiento del país.

Las empresas privadas, a su vez, también producen menos que antes, pues muchas de ellas han tenido que cerrar sus puertas, y las que quedan funcionan con bajos niveles de utilización de la capacidad instalada. Ese resultado productivo es el resultado de las políticas cambiarias, fiscales y monetarias y de la cantidad impresionante de controles que pesa sobre cualquiera actividad productiva: control de precios, control de movilización de lo producido, control de lo que se puede exportar e importar, control de los niveles salariales, etc. Nada de ello favorece la expansión de las fuerzas productivas del país, sino que conduce a su destrucción continuada. Esa es la realidad de las cosas, tal como ellas se muestras en las estadísticas internacionales y en la realidad de cada familia y de cada empresa de la geografía nacional. Insistir en las mismas políticas conducirá inevitablemente a los mismos resultados.
sergio-arancibia.blogspot.com

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