China ¿modelo a seguir?

José Ignacio Moreno León.- No hay dudas que la expansión de la influencia china y sus negocios está siendo significativa en América Latina, especialmente en nuestro país, promovida en sus inicios por la particular relación fomentada en las últimas décadas por el régimen actual. Una relación que, además del vínculo financiero y comercial relativo a la actividad petrolera, se ha venido ampliando progresivamente hacia otras actividades y sectores controlados por el gobierno. Inclusive ya hasta se ha empezado a asomar las posibilidades de la adopción del sistema económico de ese gigante asiático, en reemplazo al fracasado modelo estatista y con ribetes del viejo socialismo real que caracteriza la actual gestión gubernamental.

Lo anterior nos motiva a recordar la evolución que ha vivido China en las últimas 4 décadas, luego de los terribles tiempos sufridos bajo las políticas genocidas, impulsadas por Mao Tse tung con su Salto Adelante y su Revolución Cultural que provocaron un caos económico y social y la pérdida de más de 40 millones de vidas humanas, por lo que el caudillo chino ha sido considerado como el mayor genocida del siglo pasado. En respuesta a esos acontecimientos y frente a la aguda crisis que dejó la herencia de Mao, Den Xiaopin, quien se había convertido en líder del partido comunista y había sido víctima de arrestos y golpizas de los terribles guardias rojos empleados por Mao para impulsar sus nefastas políticas y combatir a los opositores de las mismas, logró el respaldo político para colocarse al frente del gobierno de ese país y con su famosa consigna de que “no importa el color del gato, sino que cace ratones”, se propuso erradicar la pesadilla maoísta y realizar profundos cambios orientados a la promoción de una economía abierta y de mercado, la cual, a pesar del sesgo de capitalismo de Estado, ha generado el gran desarrollo alcanzado en China en las últimas décadas, ya que la misma ha sido mantenida por su sucesor Jian Zeming, quien abogaba por una “economía socialista de mercado” y posteriormente por Hu Jintao y Xi Jinping, pupilo de Jian Zeming y actual presidente de la República Popular China.

Todos esos cambios parecen reflejar principios de la milenaria filosofía de Confusio quien pregona que el trabajo y el estudio son los pilares fundamentales del progreso. Es por ello que las reformas en China han estado acompañados con notables transformaciones del sistema educativo que le han permitido al país ubicar varias de sus universidades entre las primeras del ranking mundial y lograr igualmente importantes avances en su sistema de ciencia y tecnología.

En la actualidad China representa la segunda economía más grande del planeta y es el primer país exportador, aunque con graves problemas financieros, ambientales y sociales. El crecimiento de esa economía fue del 6.9% el en 2017 y se estima en 6.8% para el presente año, con una tasa de inflación de solo 2.4%. Las reservas en divisas extranjeras del país se estiman en 3 billones de dólares. Todo ello basado en una intensa explotación de los sectores manufacturero y agrícola, con un relevante aporte de la construcción y en el campo de las nuevas tecnologías.

Cabe destacar que el notable desarrollo de China confronta un entorno geográfico con graves problemas de contaminación del agua, del aire y de los suelos; además de problemas sociales creados por masivas olas de trabajadores rurales en búsqueda de mejores oportunidades en las grandes ciudades y centros industriales. Lo cual tiende a agravarse como consecuencia de las nuevas políticas impulsadas por Xi Jinping ofreciendo mayores facilidades y atractivos para nuevas empresas industriales que incrementen puestos de trabajo en el sector industrial y de servicios. A esto se agrega el rígido sistema comunista imperante y su presión sobre el sector laboral desmejorando las condiciones de los trabajadores para atraer inversiones y aumentar la competitividad de los productos en mercados externos, donde el sector laboral es mejor remunerado y goza de favorables condiciones de trabajo. En China no existen sindicatos libres, tampoco opera la democracia y, como es común en los sistemas comunistas, se aplica férreamente la censura y control de los medios de información-incluyendo Internet- y está restringida la libertad de expresión y de pensamiento.

Por todo lo anterior, el cambio impostergable que Venezuela requiere no puede sustentarse en un modelo como el Chino que sacrifica su fuerza laboral para lograr competitividad en los mercados globales, dentro de un sistema no democrático, autoritario, que mantiene graves problemas sociales y es violador de los derechos humanos. No es tratando de imitar modelos extraños como podemos superar el drama nacional. Para salir de la crisis en Venezuela se requiere recuperar la institucionalidad democrática e impulsar una economía de mercado con profundo sentido social, ajustada a las realidades propias de nuestro país, pero con visión de futuro para adecuarla a la demanda de las nuevas realidades globales. Aquí conviene recordar a Uslar Pietri cuando, frente al peligro de tratar de copiar modelos externos de desarrollo, alertaba sobre “el no pocas veces trágico esfuerzo de dejar de ser lo que se es para imitar lo que no se es”.

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